Del arroz con costra a la pericana reinterpretada: tres mesas y tres planes culturales para enseñar a quien viene de fuera que Alicante continúa mucho después de la costa.
Y es que viene alguien de fuera a pasar unos días por Alicante y nosotras, que queremos ser las mejores anfitrionas, nos devanamos los sesos para preparar un plan 100% de la provincia sin caer en los tópicos.
Está claro que alguna visita playera va a caer, faltaría más. Y pasar por los pueblecitos costeros, ni que decir tiene… Pero llega un momento en el que una siente la necesidad de aclarar que no, que Alicante no se acaba cuando guardamos la sombrilla.
Porque aquí, en la provincia de Alicante, también hay campos, castillos, fábricas que guardan la memoria de varias generaciones y recetas que explican un territorio bastante mejor que muchas guías turísticas.
Solo hay que alejarse durante unas horas del itinerario más evidente y sentarse a la mesa.
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Para hacerlo hemos elegido tres restaurantes de la provincia que comparten algo importante: los tres cocinan desde su entorno. No lo hacen de la misma manera —y ahí está precisamente la gracia—.
Uno conserva una receta profundamente ilicitana; otro aplica técnica y precisión a una cocina mediterránea reconocible; el tercero reinterpreta el recetario local desde una mirada contemporánea.
No es una clasificación ni proponemos comer en los tres el mismo día. Esto es un pequeño mapa para tres escapadas. Tres maneras de enseñar a quien viene de fuera que Alicante también se saborea mirando hacia el interior.
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El arroz con costra no necesita que lo modernicen para justificar su presencia en una mesa. Necesita que lo hagan bien.
Es uno de los platos más representativos de la gastronomía ilicitana: arroz, carnes y embutidos cubiertos por una capa de huevo que termina cuajando y dorándose hasta formar esa costra que le da nombre. Una receta ligada a la cocina familiar, a los domingos y a una forma muy concreta de reunirse alrededor del fuego.
En Restaurante Matola llevan desde 1981 trabajando los arroces a la leña y manteniendo viva esa tradición. Su arroz con costra es la razón más clara para incluirlo en esta selección: no busca disfrazar la cocina ilicitana, sino conservarla y servirla con el valor que merece.
Aquí el viaje empieza por el sabor más reconocible. Por esa cocina que no necesita explicarse demasiado entre quienes han crecido con ella, pero que puede sorprender a quien todavía piensa que todos los arroces de Alicante responden a la misma fórmula.
Aquí os dejamos la entrevista que le hicimos a Loli y a Fran en el 2015: accede a la entrevista de Los Protagonistas de Ocio.
Después de comer, la visita puede continuar por Elche. Su Palmeral Histórico fue declarado Patrimonio Mundial por la UNESCO y forma parte de un paisaje que ayuda a entender la relación de la ciudad con el agua, la agricultura y el territorio. El Misteri d’Elx y el Museo Escolar de Puçol completan ese patrimonio reconocido internacionalmente.
Una comida tradicional y una ciudad con tres bienes inscritos por la UNESCO. No está mal para empezar a desmontar la idea de que Alicante es únicamente sol y playa.





En Castalla cambia el paisaje y también cambia la forma de contar la cocina.
Caseta Nova traslada la propuesta gastronómica de Natxo Sellés a un entorno rodeado de naturaleza y silencio. La base sigue siendo mediterránea y española: arroces, pescados, producto de temporada y sabores que resultan familiares. La diferencia está en todo el trabajo que ocurre antes de que el plato llegue a la mesa.
Fondos reducidos durante horas, elaboraciones propias, atención a la acidez, las texturas y el equilibrio. Técnica aplicada sin convertir la comida en una demostración incomprensible. Se puede elegir a la carta o dejarse llevar por un menú degustación, pero el criterio es el mismo: partir de algo reconocible y ejecutarlo con intención.
Su mérito no depende de un único plato estrella. Está en la dirección culinaria, en la planificación y en esa parte del oficio que rara vez aparece en la fotografía final. También en el entorno: aquí el desplazamiento forma parte de la experiencia y obliga, para bien, a bajar el ritmo.
El Castell de Castalla se alza sobre la población y permite leer varios siglos de historia en una misma fortificación. Su origen se remonta al siglo XI, fue transformado durante la época cristiana y conserva el Palau, el patio de armas y la Torre Grossa, desde la que se contempla la Foia de Castalla y las sierras que la rodean.
Primero piedra, paisaje e historia. Después —o antes, según la reserva— una mesa donde el Mediterráneo se expande mucho más allá de la costa y los pueblecitos pesqueros.







El nombre ya avisa de que aquí la perseverancia no es un detalle menor.
Erre que Erre nació en Ibi alrededor de la forma de cocinar de Ricardo Moltó: producto, simplicidad y una relación muy consciente con el recetario local. La tradición aparece, pero no permanece inmóvil. Se revisa con técnicas contemporáneas, se aligera cuando hace falta y se presenta desde una sensibilidad propia.
Esa insistencia ha recibido en 2026 un Sol Guía Repsol. La guía destaca, entre otras elaboraciones, su versión de la pericana, una receta profundamente vinculada a las comarcas del interior de Alicante. Es un buen ejemplo de lo que diferencia a Erre que Erre: reconocer de dónde viene un sabor y encontrar una forma personal de hacerlo avanzar sin borrarlo.
Ricardo Moltó no utiliza el territorio como decoración. Su cocina se apoya en proveedores alicantinos, en la temporalidad y en sabores con memoria. El resultado es la parada más contemporánea de las tres, pero también una de las más conectadas con su entorno.
Ibi permite seguir hablando de memoria, aunque esta vez no sea culinaria. El Museo Valenciano del Juguete ocupa parte de la antigua fábrica de los Hermanos Payá y conserva juguetes, maquinaria, herramientas y el legado de una industria que transformó la localidad desde comienzos del siglo XX.
Quien prefiera naturaleza puede acercarse al Barranc dels Molins, donde todavía quedan un acueducto de origen medieval, antiguos molinos y senderos entre vegetación y montaña.
En cualquiera de las dos opciones, Ibi vuelve a demostrar que el interior de la provincia guarda historias que no caben en una postal de playa.





Matola, Caseta Nova y Erre que Erre, los tres parten de una cocina vinculada al territorio, pero cada uno encuentra su propia manera de defenderla. Por eso tiene sentido reunirlos y por eso no tendría sentido ordenarlos del primero al tercero.
No buscamos decidir cuál es mejor. Buscamos tres lugares a los que llevar a alguien de fuera cuando queramos enseñarle una provincia más amplia, más compleja y bastante más sabrosa que la que se ve desde una tumbona.
La playa puede esperar unas horas.
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