Julia Sala, la historia detrás de Las Tartas de Julita

Julia Sala: la mujer detrás de Las Tartas de Julita

Hay historias que empiezan con una gran idea. Otras, con un plan perfectamente diseñado. Y luego están las que nacen de una crítica. La historia de Las Tartas de Julita pertenece a este último grupo.

Todo comenzó en el restaurante de sus padres, en Alicante, cuando alguien comentó que la tarta de queso no estaba buena. Aquella frase, que podía haberse quedado en una simple anécdota incómoda, despertó algo en Julia Sala Bertomeu. “No tiene que ser tan difícil hacer una tarta de queso”, pensó. Y ahí empezó todo.

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Lo curioso es que Julia nunca se había considerado una persona especialmente cocinillas. De hecho, ella misma reconoce que cocinar no era precisamente lo suyo. Pero una cosa llevó a la otra. Primero llegaron las pruebas. Después los encargos. Más tarde, una cuenta de Instagram. Y, sin saber muy bien en qué momento aquello dejó de ser algo pequeño, Julia terminó construyendo una marca que hoy cuenta con tiendas propias, franquicias, una comunidad fiel y colaboraciones que hace unos años le habrían parecido impensables.

Pero antes de hablar de cifras, tiendas y tartas, conviene hacerse una pregunta. ¿Quién es Julia Sala?

De Julia a Julita

El nombre de la marca nació casi como un juego. Cuando Julia decidió abrir una cuenta de Instagram para enseñar sus tartas, empezó a pensar cómo podía llamarla. Hablando con su madre apareció la idea: Julia, Julita… Y Julita sonaba más cercano, más dulce, más “mono”. Su madre le advirtió: —Ten en cuenta que luego te llamarán Julita.

Julia pensó que aquello no tendría mucha importancia. Al fin y al cabo, iba a hacer dos o tres encargos. Se equivocó. Hoy mucha gente la conoce directamente como Julita. Julia, dice ella, queda casi reservado para sus amigos o para quienes la conocen de verdad. Y quizá ahí hay algo muy bonito de su historia: detrás de una marca que ha crecido mucho, sigue habiendo una persona que empezó sin grandes pretensiones, probando, equivocándose y dejando que el proyecto encontrara su propio camino.

Una familia emprendedora

Para entender Las Tartas de Julita también hay que mirar hacia sus raíces. Julia creció viendo trabajar a sus padres en hostelería. Primero en Oliva, después en Benidorm y finalmente en Alicante. Su padre, vinculado al mundo de la gastronomía y el vino. Su madre, artista, emprendedora y con una enorme capacidad creativa.

De ellos heredó algo que hoy se nota mucho en su forma de llevar el negocio: la cultura del esfuerzo, la capacidad de adaptación y esa sensación de que siempre se puede dar un paso más.

Su madre, además, dejó una huella estética muy clara en el restaurante familiar. La decoración, los mandalas, los cuadros, la terraza… todo lleva su mano. Julia no se considera artista en el sentido más manual de la palabra. No se ve pintando cuadros ni haciendo manualidades. Pero esa creatividad familiar encontró otro lugar por el que salir: las tartas.

Sabores, combinaciones, ediciones limitadas, productos nuevos. La niña que decía que no era creativa ha terminado creando más de cien sabores distintos.

La artesanía como centro de todo

Una de las claves de Las Tartas de Julita es que el crecimiento no ha desplazado el valor artesanal del producto. Y eso no es fácil.

Cuando un negocio crece rápido, la tentación de centralizar, mecanizar y simplificar procesos aparece enseguida. De hecho, a Julia se lo recomendaron: crear un obrador centralizado para producir más, ganar más y distribuir de forma más sencilla. Pero ella lo tuvo claro.

Si el éxito de sus tartas estaba en el olor al pasar por delante de la tienda, en ver el obrador funcionando, en saber que cada tarta se hornea allí mismo, perder eso era perder una parte esencial de la marca.

Por eso, cada tienda mantiene su propio obrador. Cada espacio conserva ese carácter de producto recién hecho, con las pequeñas diferencias que forman parte de lo artesanal: una tarta que queda algo más cremosa, otra con un punto distinto, una textura que depende del día, de la temperatura o del propio proceso.

Para Julia, esa imperfección controlada no es un fallo. Es parte de la esencia. Porque, como ella misma resume, si falla la artesanía, falla todo lo demás.

Crecer sin perder el alma

Actualmente, Las Tartas de Julita cuenta con tiendas propias y franquicias. Pero el crecimiento no ha llegado solo por estrategia empresarial. También ha llegado por ilusión, por constancia y por una forma muy concreta de entender el negocio.

Julia habla de la presión de tener un equipo, nóminas, responsabilidades y decisiones constantes. Reconoce que emprender tiene momentos de vértigo. Hay días de mucha exigencia, viajes, reuniones, nuevas aperturas y una agenda que no siempre permite parar. Pero también habla de agradecimiento.

Porque junto a la presión aparece la emoción de ver cómo el proyecto avanza. De sentir que el equipo rema en la misma dirección. De recibir ideas desde una tienda. De comprobar que quienes forman parte de la marca no solo trabajan en ella, sino que también se ilusionan con lo que está pasando.

En ese sentido, Julia no se siente sola. Cuenta con un equipo directo muy presente y con personas de confianza que la acompañan en el día a día. Aun así, reconoce que necesita cuidarse: entrenar, caminar, desconectar, tener momentos de calma y aprender a sostener el ritmo. Porque crecer también exige aprender a parar.

La colaboración con Ágatha Ruiz de la Prada

Uno de los momentos más sorprendentes de esta historia llegó con una colaboración que parece sacada de una película: Las Tartas de Julita y Ágatha Ruiz de la Prada.

Todo empezó en Alicante Gastronómica. Julia iba acompañada de su madre, gran admiradora de Ágatha, y decidieron hacerle llegar unas porciones de tarta. Ese gesto sencillo terminó abriendo una puerta inesperada.

Más tarde, en Madrid, durante la presentación de una campaña con 1880, Julia conoció al entorno de Ágatha. Probaron la tarta, les gustó y surgió la conexión. Después llegó la visita a uno de los obradores y, finalmente, una propuesta que Julia nunca habría imaginado: llevar una tarta al desfile de Ágatha Ruiz de la Prada en la Fashion Week de Madrid.

De ahí nació también una tarta “agatizada”, con chocolate ruby, una caja especial y una campaña llena de color. Una vez más, la historia vuelve al mismo punto: una acción sencilla, casi espontánea, que acaba convirtiéndose en algo enorme.



Una voz contra el bullying

Durante la entrevista, Julia también habló de una experiencia personal que compartió recientemente en redes sociales: el bullying que sufrió en su etapa escolar.

Sin entrar en detalles innecesarios, su mensaje fue claro. Para ella, la educación empieza en casa. Enseñar respeto, empatía y aceptación no es algo secundario. Es fundamental.

Julia recordó que las críticas, las burlas o los comentarios que parecen pequeños pueden tener un impacto profundo en la autoestima de un niño. Pueden hacer que no quiera ir al colegio, que no tenga ganas de relacionarse o que empiece a sentirse mal consigo mismo.

Y también hizo una reflexión muy actual: hoy las críticas no vienen solo de niños en un patio. También llegan de adultos en redes sociales. Detrás de una pantalla sigue habiendo una persona. Por eso su mensaje es sencillo: respetar más, mirar menos hacia fuera y trabajar más lo que cada uno tiene que revisar en sí mismo.

El sueño de parar un poco

Cuando se le pregunta por su próximo sueño personal, Julia no habla de más tiendas, ni de más aperturas, ni de otra gran colaboración. Habla de viajar. De ir a Costa Rica. De tener tiempo para ella. De desconectar del móvil. De recordar que la vida pasa rápido y que el ritmo actual, aunque ilusionante, no puede sostenerse igual para siempre.

Julia sabe que está en una etapa fuerte. Una ola que hay que aprovechar. Y la está aprovechando. Pero también sabe que, dentro de esa misma ola, necesita encontrar espacios para respirar. Quizá por eso su historia conecta tanto.

Porque detrás de Las Tartas de Julita no hay solo una marca de éxito. Hay una mujer joven, trabajadora, creativa sin saber que lo era, que convirtió una crítica en un proyecto, una tarta en una empresa y una intuición en una identidad propia.

Y todo empezó con una frase sencilla: “No tiene que ser tan difícil hacer una tarta de queso”.

A veces, una gran historia empieza justo ahí.

LAS TARTAS DE JULITA

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14-05-2026

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